Monitor global de terremotos en vivo ·
Datos USGS
El 16 de junio de 1964, minutos después de que un terremoto de M7.5 sacudiera Niigata (Japón), varios bloques de apartamentos de cuatro plantas se inclinaron más de 45 grados y quedaron literalmente tumbados de lado, con las escaleras y los pasillos interiores prácticamente intactos. Los edificios no se derrumbaron. Se cayeron enteros porque el suelo debajo de ellos dejó de ser sólido.
Eso es la licuefacción: el proceso por el cual un suelo que parece firme se comporta como un líquido durante los segundos que dura una sacudida intensa. Los edificios se hunden o se inclinan. Las estructuras enterradas ligeras (tuberías vacías, tanques de combustible) flotan hacia arriba como burbujas. Cuando el temblor cesa, el suelo se solidifica de nuevo, pero los daños quedan fijos.
Para que ocurra la licuefacción se necesitan tres condiciones simultáneas. Primero, suelo granular suelto —arena o grava— con mucho espacio entre los granos. Segundo, ese espacio relleno de agua, lo que implica un nivel freático alto. Y tercero, una sacudida intensa y prolongada, generalmente de M5.5 o más, que dure al menos varias decenas de segundos.
Cuando comienza el temblor, los granos de arena intentan recompactarse y los poros se contraen. Pero el agua no se puede comprimir, así que la presión intersticial se dispara. Cuando esa presión supera la fricción entre granos —la fuerza que mantiene el suelo rígido— el conjunto se convierte momentáneamente en una suspensión: partículas flotando en agua. Las cargas ya no se transmiten al suelo sólido sino al agua, que no puede sostenerlas.
Los lugares más propensos a la licuefacción son fáciles de identificar una vez se conoce el mecanismo:
El terremoto de Niigata de 1964 fue el primer caso de licuefacción documentado fotográficamente en detalle. Las imágenes de edificios intactos tumbados de lado recorrieron el mundo y empujaron a la comunidad científica a estudiar el fenómeno sistemáticamente. Hasta entonces, los ingenieros lo conocían pero no disponían de modelos de predicción fiables.
En 2011, el terremoto de Christchurch (M6.2) produjo la licuefacción urbana más extensa registrada en la historia moderna. Unas 400.000 toneladas de limo y arena afloraron a la superficie, enterrando calles y jardines. Más de 8.000 viviendas quedaron inhabilitadas por los daños al suelo —no por la estructura del edificio, sino porque el terreno debajo simplemente ya no era apto para construir. Barrios enteros fueron demolidos y no se reconstruyeron.
Los ingenieros disponen de varias técnicas para construir en zonas con riesgo de licuefacción:
El problema es que gran parte del parque edificatorio existente se construyó antes de que existieran estas normas o sin aplicarlas. En muchas ciudades costeras de América Latina, Asia y el Mediterráneo, millones de personas viven sobre suelos con alto potencial de licuefacción en edificios que nunca fueron diseñados para ello.